Hay mucha gente molesta conduciendo por nuestras calles, aún cuando se nos conozca por extranjeros como una cultura amable y relajada, es mejor que nadie trate de aventajarnos ni aún en la fila del supermercado porque sacamos garras y miradas amenazantes. Puede sonar gracioso, pero nadie me lo ha platicado, he visto como situaciones insignificantes han sacado de quicio a muchos en estadios, conciertos, tráfico y más.

Observa tu comunidad honestamente, sin tratar de defenderla o responder que eso pasa en todos lados. Pregúntate cuál es la razón que tantos mantienen un volcán dentro, listo para explotar por lo más mínimo y qué es lo que a ti te hace enojar.

Somos demasiado permisivos evitando enfrentar situaciones complejas y dejándolo para un después que nunca llegará, nos molestamos con la manera en que se gobierna, pero no salimos a votar, preferimos pagar una cantidad mayor que perder tiempo solucionando el asunto, canalizamos nuestro coraje hacía aquellos más cercanos y tratamos con pétalos de rosa a quienes muy apenas conocemos. Y es que se nos ha enseñado a pretender, a dejar el cambio que nos sobró en la tienda para que otros vean que el dinero no es problema, aun cuando si lo sea. Compramos objetos costosos, de marca, con tal de mostrarle a otros que vamos bien, que “ahí la llevamos”. Nuestra realidad, cada noche nos mortifica, recordándonos el precio que estamos pagando por vivir de esta manera, en una pretensión constante, económica, emocional, social. Nadie vendrá a rescatarnos de algo que no estamos dispuestos a reconocer y dejar atrás.

Es por esto es que la sangre de tantos llega a hervir, la ansiedad es el capital que sostiene empresas multimillonarias como el tabaco y el alcohol, es la insatisfacción continua que proviene de seguir escondiendo lo que sucede, seguir pretendiendo, seguir molesto e inconforme, y nunca enfrentarlo.

Hace algunos años mi primo César, a quien considero mi hermano, tuvo un fuerte accidente, otro primo le había pedido insistentemente manejar su motocicleta de regreso a casa después de haber ido a un mandado junto con él. La falta de experiencia del conductor al pasar por un bordo en la calle los dirigió hacía la esquina de una casa a gran velocidad, César logró corregir la dirección de la moto desde el asiento de atrás, con lo que subieron a la banqueta quedando atorados entre un poste de luz y una pared. Quien manejaba, salió ileso, no así mi primo quien al ir atrás impactó sus rodillas gravemente contra la pared y el poste, quedando solo en ese lugar pues el otro muchacho se dio a la fuga en cuanto vio el daño que había causado. Era frustrante para mi primo haber terminado en una cama de hospital por la falta de cuidado de otra persona, no pudo contener las lagrimas cuando después de salir de cirugía el doctor le explico que no podría volver a practicar deportes o correr, que aunque la operación había salido bien sus rodillas habían quedado muy débiles por el accidente. Los siguientes días estuve con él en su casa cargándolo para todos lados, era evidente la tristeza en su rostro, amaba las motos, era un conductor sumamente precavido y estar en esta condición no había sido su culpa. Toda su familia lo apoyó durante su recuperación, pero fue su determinación y coraje que cambiaron el diagnostico médico, comenzó a entrenar, fortalecer sus rodillas, cuidar cada paso de su rehabilitación hasta llegar al punto de ejercitarlas, se inscribió junto con su hermana para una carrera de 10 kilómetros y la logró, comenzó a practicar beisbol y fútbol, su doctor no podía creerlo. Su fe fue mayor que sus circunstancias, su entereza lo ayudó a canalizar su enojo y frustración en fuerza y dedicación. Tenía todas las razones para quedarse ahí, sufriendo por su condición, amargarse contra el otro muchacho y vivir como victima, pero no fue así.

Hay mil razones por las cuales lo más fácil es seguir así, frustrado por lo que otros han hecho, apuntando con el dedo, señalando las inconsistencias de otros, pero no podemos cambiar a los demás, pasaremos nuestra vida guardando rencores y ofensas ajenas olvidando nuestro camino. Debemos mirarnos al espejo y observar detenidamente cómo es que vamos traduciendo lo que nos sucede. O lo vemos como un reto, encontrando más razones para ejercitar lo que decimos creer o como una desgracia, viendo aun las situaciones favorables en nuestra contra.

Ya tenemos mucha gente molesta, sentada, opinando, sé tú de aquellos quienes se molestan y se levantan para cambiar las cosas, quienes viven la vida siendo pro-activos, relevantes para su generación. Dejando en las manos de Dios lo que no puedes cambiar y tomando lo que esta a tu mano para hacer algo al respecto.

“Todos los hombres mueren, pero no todos los hombres realmente viven.” – William Wallace, en la película Corazón Valiente