Vivimos un momento donde cada uno estamos en un escaparate. Un lugar donde todos pueden saber de nosotros a través de las redes sociales. Amigos con quienes alguna vez discutimos ideas y cosas que dijimos creer, ahora pueden fácilmente compararlo con los resultados que hemos obtenido. Puede ser triste o inspirador. De acuerdo a cómo cada quien haya respondido a sus pruebas.

Es fácil mostrar una buena cara, sentarte con amigos y plantear en medio de la platica tus opiniones. Pero cuando los demás te ven pasar por una situación difícil, allí en silencio, observan cómo lo enfrentas. Ven tus opiniones en la practica. Lo que dijiste creer. Miran tu entereza o desdicha.

“Madurez no es cuanto sabes, sino cuanto de lo que sabes te ha cambiado.” —Lecrae

Antes de venir a Taiwan sucedió, quede asustado por la respuesta que un amigo dio a una situación donde yo esperaba que él respondiera mejor. Lo vi perder el control, enfurecido por la equivocación de otra persona que deseaba reparar su error. Escogió perder la amistad y hacer lo posible por recuperar una cantidad de dinero que no valía la pena. Al hablarle del asunto, le pregunté si estaba enojado, su rostro lo decía todo. Siempre lo había considerado maduro, aunque nunca lo había visto responder ante una situación contraria, hasta ese momento… En la balanza de sus intereses, el bien material prevaleció por encima de esa amistad, tristemente.

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Otros nos consideran, ven los resultados de nuestras decisiones y en silencio hacen la ecuación. Nos toman en serio o ven que nuestras palabras y opiniones son como las de todos los demás.

“Todo hombre es como la Luna: con una cara oscura que a nadie enseña.” —Mark Twain

Se nos conoce por nuestros resultados, o como dijera el Maestro “Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7:16). No importa cuanta felicidad y filtros alguien aplique a sus fotos en Instagram, cuantas obras de caridad comparta en Facebook, versículos bíblicos en Twitter o retos de ‘agradecimiento’ tome, la gente a su alrededor sabe quién es en realidad. No solo por sus palabras, por sus acciones.

Quizás ninguno podremos ser coherentes algún día por más que nos esforcemos, pero podemos ser discípulos de la verdad, exfoliando nuestra piel espiritual cada día a través de la Palabra de Dios. Luchando por ser luz en medio de la oscuridad, no solo al compartir imágenes con frases lindas que quién sabe quien dijo o pensamientos que no hemos considerado realmente.

Pues no es cuanto sabemos, sino cuanto de eso nos ha cambiado, en nuestro trato con los demás, al preferir a otros por encima de nosotros mismos. Lo decía Jesús, si quieres ser el mayor, sirve a los demás. Ese es el mejor perfil, el fruto más rico, el que otros puedan sentir y ver el amor de Dios en ti, no solo palabras, no solo lindas fotos y filtros.

“Mientras más crezco, menos escucho lo que otros dicen y más veo a lo que hacen.” — Andrew Carnegie